Memorias de rodaje: decimocuarta jornada

Miércoles, 10 de julio. Entramos en una nueva jornada maratoniana. Hay que aprovechar que Roger está de vacaciones (del musica “La Bella y la Bestia”) para rodar todas sus secuencias en pocos días.

Un nuevo día, un nuevo reto. Supongo que para todo director, incluso para los más experimentados, de alguna forma, cada jornada de rodaje es un reto. Pero aun más para un director novel como es mi caso. En aquello decimocuarta jornada rodaba, por primera vez, un desnudo integral. Escribir es fácil y no cuesta nada escribir en el guión que determinado personaje está desnudo o se desnuda. A veces la dinámica de la historia te lo pide. Y cuando escribí junto a Emili el guión, hubo dos escenas que exigían un desnudo. Por razones estrictamente argumentales. Así que en este caso si que aplica aquello de ‘exigencias del guión’. Otra cosa es que los actores estén dispuestos a desnudarse. Como en casi todo, aquí también debe haber una negociación.

En las fases previas había sido todo tan precipitado que hasta unos pocos días antes de rodar esa escena, en ningún momento, se habló del tema. No sabía si Roger iba a acceder a desnudarse. Por eso, cuando planifiqué la secuencia, preparé dos planificaciones. Una se podía rodar con un bañador. En esa planificación solo se sugería. En ningún momento se hacía un desnudo integral de Roger. Solo se le veía el torso desnudo. La otra planificación sí exigía que el actor se desnudara por completo. Recuerdo que dos o tres días antes me propuse preguntar a Roger como quería rodar la secuencia. Pero no hizo falta. Roger se adelantó y me dijo que no le importaba salir desnudo. Solo pedía que la secuencia se rodara con discreción y con el equipo mínimo. Por supuesto, eso se daba por entendido. Así que, finalmente, optamos por la planificación de la secuencia en que el actor debía desnudarse por completo.

Y llegó el día. Primero rodamos una secuencia en el baño en que Roger sale de la ducha. Pero antes de rodar hay que hacer algunos ensayos. Lo que llamamos ‘teatrillos’ (y que ya os conté en otro post). En esos ‘teatrillos’ el actor no se desnuda por completo. Lo lógico es hacerlos con un bañado. Aun más si en la secuencia hay agua, como había en la de la ducha. Recuerdo que, nada más empezar la jornada, Roger preguntó donde estaba el bañador. Pero nadie había pensado en el bañador. Suerte que aquel olvido se podía solucionar fácilmente. Un auxiliar bajó a una tienda en la misma manzana donde estaba el piso donde rodábamos y compró un bañador. Roger se puso el bañador y rodamos la secuencia del baño. En esa secuencia no había problema. Roger llevaba un bañador y en el baño, dado su reducido espacio, solo podíamos entrar tres personas. Rodamos esa secuencia y salimos al salón donde el resto del equipo se preparaba para rodar la secuencia en que Roger debía aparecer completamente desnudo. Era una secuencia que revestía cierta complejidad técnica de movimientos. Fue necesario hacer un buen número de ensayos. En todos ellos, por supuesto, Roger en bañador. Pero cuando ya lo dimos todo por bueno, llegó el momento. Di al equipo un pequeño descanso antes de rodar mientras acababan de preparar a Roger en maquillaje. Yo salí a beber un poco de agua. Al volver al salón, con sorpresa, descubro algunos miembros del equipo en rincones del salón con un móvil o incluso alguna cámara de fotos. Sentí estropearles la fiesta pero di la orden de que se fueran, que no eran necesarios para rodar la secuencia. Por supuesto, ni móviles ni cámaras de fotos. Cerramos las puertas del salón, Roger se quitó la toalla… y acción.

El rodaje de la secuencia fue bien. En realidad fue una secuencia más. Cuando estás rodando, estás tan concentrado en los detalles técnicos que te olvidas por completo de que hay un actor desnudo. El resto de la jornada siguió según lo previsto, solo con un poco de retraso. Fue una jornada intensa que empezó a las nueve de la mañana y acabó bien pasadas las seis. Pero lo importante, una vez más, es que lo habíamos conseguido.

Anuncios

Memorias de rodaje: decimotercera jornada

Martes, 9 de julio. Empezábamos el ‘tour de force’ consistente en rodar casi cuarenta secuencias en nueve jornadas. En estos momentos miro el plan de rodaje y, con la perspectiva que da el tiempo y –sobre todo– la experiencia, me doy cuenta de que era un plan demasiado optimista. Había que rodar ocho páginas de guión y la jornada se había programado de nueve a tres (con dos interrupciones para comer). Era lógico que la jornada se alargara hasta pasadas las seis de la tarde. Pero entonces, cómo director inexperto, solo percibía que íbamos con mucho retraso. Ahora mi visión es otra. Tomo nota para próximos rodajes. Es mejor dilatar la programación para que el equipo sienta que va por delante del programa a que piense que va por detrás. Pero no solo eso.

En principio, puede parecer que no tiene tanta importancia salirse del horario programado. Por supuesto, esto es algo que también va en la personalidad y en la forma de ser. Tampoco voy a negar que sea un ‘freak’ del tiempo, de los horarios. Lo sé. También sé que durante el rodaje, todos hicimos esfuerzos titánicos, que lo dimos todo. Y supongo que, dadas las circunstancias, hasta cierto, punto era lógico que las jornadas se alargaran. Pero no podía evitar sufrir e incluso –porque no decirlo– desesperar. Me gusta que los demás sean respetuosos con mi tiempo y por eso siempre hago todo lo posible para serlo con el de los demás. Y cuando se acumulaban retrasos, como último responsable, sentía que no estaba siendo respetuoso con el tiempo de los demás. Mejor lo explico con un ejemplo. En la orden de rodaje para aquella jornada veo que Adolfo Álvarez estaba citado en vestuario/maquillaje a las doce para empezar a rodar a las doce y media. Por supuesto, Adolfo llegó antes. Según el plan previsto, a aquella hora ya debían de estar rodadas las secuencias 40 y 56 (en las que él no participa). Pero por un cúmulo de circunstancias, a las doce, empezábamos a rodar la secuencia 40. Al final, la secuencia en la que participaba Adolfo no se rodó hasta las cinco de la tarde. Lamentablemente, aquel no fue un incidente aislado. Ese es el problema de no seguir el horario establecido. Las esperas se hacen larguísimas y al final, queramos o no, todos acabamos desesperando. Por otra parte, si a alguien se le ha citado, por ejemplo, de doce a tres, quizás ha hecho planes para las seis de la tarde. Como estamos hablando de gente muy profesional, por supuesto no dirá nada y se quedará hasta el final. Pero entiendo que ese profesional, en el fondo, se sienta molesto por la situación. Son situaciones que desgastan mucho.

Muchas veces he oído decir a actores de cine que tienen la sensación de que se les paga para esperar. Eso me hace pensar que los retrasos en un rodaje no son nada extraordinario. Llamadme iluso, o algo peor, si queréis. Pero creo que no debería ser así. Después del rodaje de Los Amores Inconclusos soy más consciente que nunca de lo complejo que es un rodaje. ¡Es tan fácil que algo se descontrole! Por eso, ahora más que nunca, me preocupa partir de una planificación, no solo exhaustiva, sino que también realista y sólidamente basada en la experiencia. Pero no seamos tan duros con nosotros. Mirándolo en perspectiva, dado que casi todos (empezando por el director) éramos novatos, quizás no lo hicimos tan mal. Sacamos la película adelante y creo que eso no es poco. ¡Todo lo contrario! Había que cometer algunos errores, ¿no? Como decía Oscar Wilde “experiencia es el nombre que damos a nuestros errores” ¡Cuanta experiencia tenemos ahora! También está bien tomar nota de todo para el próximo rodaje. En el próximo, sin duda, planificaremos los tiempos mucho mejor. De momento, solo pedir disculpas a todos por aquellas largas esperas. Cómo último responsable me responsabilizo de las esperas que soportasteis con tanta paciencia. Si a alguien le sirve de consuelo, en la próxima película no seremos tan novatos.

Memorias de rodaje: decimosegunda jornada

Lunes, 8 de julio. Entrábamos en la cuarta semana de rodaje y aquella semana prometía. Al día siguiente, es decir el martes 9 de julio, se incorporaba Roger y en las siguientes 9 sesiones había que rodar más de cuarenta secuencias ¡casi media película! Y no solo eso, algunas secuencias, como la que estaba prevista para el jueves, eran muy largas y complejas. Para no sobrecargar demasiado al equipo, aquel lunes decidimos programar una jornada de grabación solo por la tarde. Así el equipo podía estirar el fin de semana descansando aquel lunes por la mañana. Había que prepararse para lo que iba a venir. Estaba programado rodar el equivalente a casi cinco páginas de guión (que se supone que es lo normal) pero se trataba de unas acciones muy
breves y de un diálogo largo pero sin complejidad técnica (los personajes de Verónica y Adolfo hablan sentados en el sofá). En principio, un plan de rodaje que se podía completar sin problemas entre las cinco de la tarde y las diez de la noche. Y así fue.

No hay mucho que contar sobre aquella jornada. Todo fue bien, según lo
programado. Ni siquiera hizo demasiado calor. Por eso, aprovecharé para hacer algo que me gusta hacer de vez en cuando en este blog: reflejar mis impresiones sobre los actores y los miembros del equipo. Hace unas semanas dediqué un post a Mont Plans. Hoy –si los chicos me lo permiten– seguiré con las damas. Ladies, first. Más adelante dedicaré una entrada a Adolfo, Roger y –por supuesto– Xavi. Pero hoy la protagonista será Laya Martí. 

En principio, el personaje de Verónica lo iba a interpretar otra conocida
actriz. Habíamos hablado con su agente y la actriz se mostró tan generosa como para aceptar las condiciones (que básicamente eran: no podemos pagar a nadie). Estaba todo confirmado pero al final no pudo ser por el cambio de fechas del rodaje. El rodaje se pasó de mayo/principios de junio a finales de junio/julio. Las nuevas fechas coincidían con la boda de la actriz y –obviamente– no pudo ser. Entonces empezó una carrera frenética por encontrar otra actriz. Emili –el director de casting– propuso una serie de actrices que encajaban perfectamente. Pero todas tenían compromisos. Empecé a preocuparme. Faltaban pocas semanas para el rodaje y aun no teníamos la actriz para interpretar a Verónica. Es más, llegué a temer que el rodaje corriera peligro por no tener la actriz adecuada. A Emili se le habían acabado los recursos. Entonces, como solía pasar, a última hora, a la desesperada, llegó el rayo de sol. Xavi me habló de una actriz a la que quizás le podía interesar el personaje de Verónica. Al principio, tengo que reconocer, que no me sonó el nombre. Pero empecé a investigar un poco y pronto me di cuenta de que sí sabía quién era esa actriz. La había visto en un par de películas ¡y que películas! Una era Yo soy la Juani de Bigas Luna y la otra Los amores pasajeros de Pedro Almodóvar. No necesité más para saber que se había producido otro de esos pequeños milagros y que el destino, la casualidad, o como queremos llamarlo, nos había puesto en contacto con la actriz ideal. Laya me envió un correo electrónico con su curriculum y algunas fotos. Pero no hacía falta. La decisión ya estaba tomada.

Con Laya, muchas cosas encajaban. Mientras que de los personajes de Dani, Eduardo, Adolfo y Soledad siempre tuve una idea mental muy clara, a Verónica nunca la tuve tan clara. Lo único que tenía claro es que quería un personaje con mucho carácter, capaz de asustar y mantener a raya a Eduardo, pero sin perder la feminidad. Dicho de otra forma, quería huir del tópico de la ‘camionera’ (con todo mi respeto por las camioneras). Y, por lo que sea, no me resultaba fácil imaginar aquel personaje. Por eso tenía muchas dudas sobre el personaje de Verónica y su planteamiento me hizo perder algunas noches de sueño. Pero Laya acabó de definirme aquel personaje. Por otra parte, Jota –el director de arte– completó el personaje al hacerme su propuesta estética. Verónica en palabras de Jota iba a ser una chica “dura pero frágil con tatuajes e inspiración pin-up”. Mi primera impresión fue la de sorpresa. Me costaba mucho imaginar ese cocktail. Pero sabía que podía confiar en Laya y Jota. Y eso hice. El primer día que vi a Laya caracterizada se me disiparon todas las dudas: habíamos encontrado la Verónica que buscaba.

En cuanto a Laya, mi impresión es estupenda. En todo momento se portó muy bien conmigo, con mucha generosidad. Desde la primera secuencia, me sorprendió la energía, el tono de su interpretación. Era lo que necesitaba el personaje de Verónica: fragilidad y fuerza, carácter y sensibilidad. Ahora que además hemos completado la edición de la película, me doy cuenta de otra cualidad que ya observé pero que ahora se me hace más evidente: la frescura de su interpretación. Laya aporta mucha frescura y energía a Los amores inconclusos. 

En estos días en que me preguntan tanto que siento al ver la película,
siempre digo que yo no puedo ver la película como la vería cualquier
espectador. Yo veo la película y mil cosas más. Y –no sé bien porqué– una y otra vez me viene a la mente la imagen de Laya en la habitación de maquillaje, durante horas, con Eva y el resto de su equipo maquillándola, peinándola, poniéndole los tatuajes. Unos tatuajes que por cierto, como era de esperar y sobra decir, no son más que el fruto de un elaborado trabajo por parte del equipo de maquillaje. Ignasi, el autor de esos tatuajes, hizo un gran trabajo. Como anécdota, recuerdo un día se produjo una confusión y los tatuajes acabaron en el brazo que no correspondía. Fue necesario borrarlos y ‘maquillarlos’ de nuevo en el otro brazo. Eso nos retraso aquel día más de lo esperado. Pero son cosas que pasan en cualquier rodaje.

Ya solo me queda decir, gracias Laya. Gracias por tu generosidad, tu
estupenda interpretación y las largas horas en vestuario, peluquería y
maquillaje.

Memorias de rodaje: decimoprimera jornada

Viernes, 5 de julio. A punto de tocar el ecuador del rodaje. Era viernes y estábamos en la antesala del ‘tour de force’ que estaba por llegar. El domingo siguiente, Roger Berruezo empezaba sus vacaciones en “La Bella y la Bestia” y durante las próximas dos semanas había que apretar el acelerador para rodar hasta doce secuencias diarias (no precisamente cortas) en jornadas maratonianas. Pero era la única forma de rodar todas las secuencias de Roger (que son muchas) en poco más de diez jornadas. Por eso, para aquel viernes, decidimos programar una jornada relativamente desahogada. Solo dos secuencias, una larga y una corta, en un mismo espacio. De esa forma, podríamos tener todos un fin de semana largo (tarde del viernes, sábado y domingo) para recargar bien las pilas. Lo íbamos a necesitar.

Las dos secuencias se rodaron en la Clínica del Pilar. Me sentí un poco… ¡como cuando eres pequeño y sales de excursión con el colegio! Era verano y hacía un día estupendo. Salimos todos hacia la Clínica del Pilar. Algunos en coche, otros en metro. Los coches iban cargados hasta arriba con el equipo de cámara, los focos y el resto de parafernalia necesaria para rodar buenas secuencias. Fui el primero en llegar y me sorprendió la generosidad del equipo y profesionales de la Clínica del Pilar. Un millón de gracias. Nos habían cerrado un ala completa del hospital para grabar las secuencias. Eso tiene mucho mérito si tenemos en cuenta que no podíamos pagar nada a la clínica. Eran colaboradores. Llegó todo el equipo y las actrices, Mont Plans y Laya Martí. Mientras el equipo de foto montaba la cámara y los focos en la habitación en la que íbamos a rodar, en otra se instaló el equipo de peluquería y maquillaje. Una vez todo preparado en la habitación dónde íbamos a rodar, llegó el momento de la acción. Había que meter a Mont en la cama de forma que pareciera que realmente estaba ingresada en un hospital. Vinieron unas enfermeras que llenaron la habitación de instrumental médico como catéteres, monitores de pulso cardiaco y electrodos. Impresionaba ver a Mont así. Por fin, estaba todo listo.

El equipo de foto, como es habitual, pidió hacer un ‘teatrillo’. Es decir,
una simulación del rodaje de la secuencia (pero sin rodar). Es importante hacer esos ‘teatrillos’ para que el equipo de foto tenga claro cómo se van a mover los actores y calcular/ensayar el movimiento de la cámara. Mientras tanto, el equipo de sonido prueba el recorrido de los micrófonos y el ayudante de dirección y el script observan si puede haber algún problema técnico. El ‘teatrillo’ se hace básicamente para que el equipo ajuste su trabajo in situ y se supone que los actores “pasan” el texto de forma más o menos rápida y superficial. Lo habitual es que mientras el equipo técnico prepara el set de rodaje, en otra sala, el director esté “pasando texto” con los actores. Cuando ya está todo preparado, el ayudante de dirección o un auxiliar se dirige a la sala donde están “pasando texto” actores y director para anunciar que ya pueden ir al set de rodaje. Tras ese “pasar texto” se entiende que los actores ya están preparados para interpretar la secuencia. Luego, en el set, se hace el ‘teatrillo’ para coordinar a actores y equipo técnico. No se comprueba la interpretación, solo se prueban los movimientos de los actores, de la cámara y de los micrófonos. Pero nuestros actores eran tan entregados que durante los ‘teatrillos’ no hacían el clásico ‘teatrillo’ que se espera de ellos (de ahí la expresión ‘teatrillo’), si no que nos regalaban interpretaciones magistrales. Aquel ‘teatrillo’ fue un alarde interpretativo. Mont y Laya estuvieron brillantes, increíbles, ¡enormes! Tanto que al acabar, Mont preguntó si habíamos grabado el ‘teatrillo’. Pero los ‘teatrillos’ nunca se ruedan. Fue una lástima. Supongo que a todos nos dio pena no haber grabado aquella primera interpretación/ensayo. Pero de vez en cuando, como nuestra pasión por el oficio es tanta, nos emocionamos y olvidamos que solo estamos haciendo un ‘teatrillo’.

Tal y cómo estaba previsto, grabamos la secuencia varias veces desde diferentes puntos de vista. Mont y Laya estuvieron tan estupendas como en el ‘teatrillo’. Nada más acabar, salí a por un poco de agua fría. Mientras bebía escuché decir a una de las enfermeras que, a pesar de haber estado fuera de la habitación durante el rodaje, se había emocionado de veras escuchando a las actrices. Con eso estaba todo dicho. No hacían falta más palabras.

Tras rodar aquella secuencia larga (es un diálogo que dura más de cuatro minutos), quedaba la secuencia corta. Se trataba de una secuencia más bien técnica: es el punto de vista de Dani atravesando un pasillo de hospital en una camilla (¡y hasta aquí puedo leer!) 😉 El rodaje fue bastante divertido. Sara y el equipo de foto montaron la cámara en la camilla. En el lugar donde estaría la cabeza de Dani. El resto fueron idas y venidas, de un lado al otro del pasillo. Con aquello y un plano general del hospital, habíamos terminado aquella jornada y la semana. Debía ser más o menos las dos y media de la tarde.

Regresamos al piso base del rodaje para guardar los equipos, pasar el material grabado a los discos de almacenaje, picar algo de la mesa de catering y por fin ¡fin de semana! Habíamos completado casi la mitad del rodaje pero aun faltaba por rodar bastante más de la mitad de las secuencias. Pero todo a su tiempo.

Memorias de rodaje: décima jornada

Jueves, 4 de julio. Para esa jornada se habían planificado seis secuencias. Casi todas en la cocina. Alguien me preguntó porqué tantas secuencias en la cocina. No lo sé. Quizás porqué para mi la cocina es un espacio de desconexión. Después de una larga jornada de trabajo suelo entrar en la cocina a preparar la cena, pongo música, empiezo a cortar zanahorias o lo que sea, y me olvido de todo. Por eso supongo que en el guión –que escribí con Emili– acabaron surgiendo tantas secuencias en la cocina. Aunque la cocina que imaginé no era exactamente como la cocina en que rodamos finalmente. Siempre había imaginado una cocina grande, con una mesa y una puerta con acceso a una terraza de las que dan a un patio interior. Pero pronto descubrí que las cocinas en el Eixample de Barcelona no suelen ser así. Incluso en pisos grandes (o por lo menos en los pisos que vimos) las cocinas eran más bien pequeñas y oscuras. Así que nos tuvimos que adaptar a una cocina con una estructura un poco diferente a lo imaginado. El cambio más importante es que aquella cocina no permitía ubicar una mesa. Más que por falta de espacio porqué estaba rodeada de muebles y no había ninguna pared libre donde arrimar la mesa. Colocar la mesa en el centro de la cocina tampoco era factible. Así que fue necesario reorganizar todas las secuencias en la cocina.

No fue fácil rodar en aquella cocina. Para una vivienda privada estaba muy bien. Pero para rodar una película resultaba pequeña. El problema no era meter dos actores pero si ubicar la cámara, unos focos, las pértigas de sonido y todos los técnicos necesarios detrás de las cámaras y los micrófonos. Era lo más parecido al famoso camarote de los hermanos Marx que he visto nunca. Ubicábamos a los actores en un lado y en el otro nos amontonábamos cómo podíamos. No había suelo suficiente para todos y parte del equipo debía sentarse encima del mármol de la cocina o encaramarse a una escalera. Por suerte el techo era alto y el equipo de fotografía ubicaba los focos y los reflectores con pinzas enganchadas en la parte superior de los muebles de cocina. Todos lo teníamos complicado. Pero, en especial, los chicos de sonido que tenían que hacer auténticos malabarismos para seguir a los actores con los micros. Lo cierto es que al final todos nos volvimos un poco malabaristas. Rodar en la cocina también nos planteaba otros problemas técnicos. El primero, soportar las altas temperaturas. Era julio, hacía calor (como hace siempre en Barcelona por esas fechas), nos concentrábamos hasta una docena de personas en pocos metros cuadrados y los focos acababan siendo auténticas estufas. Además, por necesidades de sonido, mientras rodábamos había que desconectar la nevara. Así que pasadas unas horas nos quedábamos sin bebidas frescas. Yo miraba a los miembros del equipo, sudorosos, sin poderse mover, y más de una vez temí que a alguien le diera una lipotimia. En resumen, toda una aventura.

Por eso, en estos días en que estamos ultimando la edición –solo quedan unos  ajustes finales– me sorprende más y más ver el resultado. Las secuencias en la cocina me parecen muy bonitas, muy cercanas, muy entrañables. En ellas siempre hay dos o tres personajes y se les ve moverse con soltura, da la sensación de que la cocina es espaciosa y que la silla de Dani rueda con holgura. Los actores que están ENORMES se les ve muy naturales, frescos, espontáneos, nadie diría que están asfixiados de calor. Últimamente me preguntan que sensación tengo al ver la película. Siempre respondo que es una sensación muy extraña y que jamás podré “ver” la película como un espectador “normal”. Cualquier espectador, cuando vea la película, verá eso: dos personajes (o tres) en una cocina más bien espaciosa (o que aparenta serlo). Unos personajes que se mueven con libertad y que salen y entran sin problemas. Pero yo sigo viendo una docena de personas apretujadas que no puede moverse sin meter el codo a un compañero en el ojo o tropezar con un cable. También recuerdo el calor y la humedad que se siente en un día de pleno verano cuando alguien se mete durante horas en un pequeño cubículo (puertas y ventanas cerradas) con diez o doce personas más unos focos que calientan como radiadores. ¡Qué gran mentira es el cine! Pero supongo que ahí es donde está su magia.