Memorias de rodaje: decimoctava jornada

Martes, 16 de junio. El verano ha tardado en llegar pero ya está aquí. Me despierto en el piso/plató y hace calor. Desayuno y en la radio dicen que la temperatura alcanzará los 36 grados. Quizás un poco más. Pienso –que nos cojan confesados. Ante nosotros se presenta otra jornada intensa en la que hay que rodar más de ocho páginas de guión. Siete secuencias. Seis de ellas pasan en el salón, por la noche. Las rodamos de día, por supuesto. Pero eso implica cerrarlo todo. Ventanas y puertas. No solo eso, también cerrar cualquier posible entrada de luz. A eso hay que sumarle el calor de los focos y el de treinta personas en un espacio reducido. Y todo eso, no durante un rato, sino durante unas cuantas horas. Según la orden de rodaje, de diez de la mañana a cinco y media de la tarde. En realidad fue hasta las siete de la tarde bien pasadas. Pero creo que todo eso ya lo expliqué en alguna otra entrada de este blog. Nota mental: no más rodajes en pleno verano.

Como era habitual –ya se habían establecido unos hábitos– la primera en llegar es Eva –nuestra peluquera y maquilladora. Siempre encantadora, repartiendo simpatía. Comento que ya va quedando menos. Eva responde –qué pena, ¿no? A lo que respondo –sí, es una forma de verlo. Personalmente, confieso que por aquel entonces no veía el momento de acabar. No negaré que a esas alturas me sentía cansado. La responsabilidad de sacar una película adelante empezaba a pesar. También es cierto que todos los problemas que se habían acumulado antes de empezar a rodar me habían dejado más agotado de lo aconsejable. Pero, como también dije en otra entrada, no había vuelta atrás. Solo un camino. Y ese camino era seguir adelante. En mi copia del guión, iba marcando con un rotulador fluorescente cada secuencia rodada. A esas alturas, muchas veces necesitaba pasar las hojas del guión para animarme. El ver más de la mitad de las páginas marcadas en verde (= secuencias rodadas) me animaba. Habíamos rodado más de la mitad del guión, el equipo estaba funcionando muy bien… y si habíamos llegado hasta allí, todo indicaba que llegaríamos al final. En estos momentos tengo que agradecer al equipo que me diera el impulso final que tanto necesitaba entonces. Un director no es nada sin su equipo. Un director no puede llevar adelante una película sin el apoyo de un buen equipo.

En cuanto a la jornada en sí, Xavi Duch y Roger Berruezo volvieron a estar estupendos. Eva estuvo toda la jornada tras ellos con cajas de pañuelos de papel limpiándoles el sudor que caía a goterones. El resto del equipo sudábamos igual pero nuestra situación era diferente porque estábamos detrás de la cámara. A cada corte, los auxiliares corrían a abrir por unos minutos ventanas y puertas para que corriera un poco el aire. La nevera no daba abasto para enfriar tantas botellas de agua. Es más, se acabó el agua y en la cocina empezaron a llenar botellas con agua del grifo. Pero, una vez más, entre todos, conseguimos sacar adelante aquella jornada con toda profesionalidad. Ahora, cuando veo las secuencias que rodamos aquel día, muchas veces me olvido de todo aquello. Viéndolas nadie diría que hacía un calor horrible. A Xavi y Roger se les ve frescos, sumergidos en sus personajes y en sus dramas. No queda rastro del sudor, ni de los pañuelos de papel por todas partes. En la película solo se ve a dos chavales compartiendo videojuegos, refrescos, palomitas, risas, temores y muchas cosas más en la intimidad de un salón por la noche. Una vez más, la magia del cine. Una magia que hizo posible un equipo artístico y técnico formado por más de treinta personas y más de cien mecenas. Gracias a todos. Seguimos trabajando para que podáis ver la película lo antes posible. Solo me queda pediros (si es que se puede pedir algo más) un poco más de paciencia. Lo importante ahora, más que acabar rápido, es acabar bien la película.

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Memorias de rodaje: decimoséptima jornada

Lunes, 15 de julio. Entramos en la quinta semana de rodaje y quedan menos de dos semanas para acabar. Tras cuatro semanas trabajando codo a codo, se han establecido ciertas rutinas. No digo que cuando acabe todo esto lo echemos de menos. Un rodaje es un proceso agotador, además, cada día hace más calor. Y todo en la calle dice verano, playa y vacaciones. En los bajos del edificio en el que esta nuestra sede/plató hay un restaurante. Cada vez que paso por allí veo turistas relajados que disfrutan de un buen almuerzo o de una buena cena con una botella de vino. Entonces pienso que ya falta menos para esas vacaciones que nos hemos ganado tanto. Pero aun quedan ocho jornadas de rodaje y no hay que relajarse. Pero volvamos arriba: a nuestra sede/plató.

Como decía antes, tras cuatro semanas de rodaje (más las semanas de preparativos) se han establecido ciertas rutinas, una cotidianidad compartida. De alguna forma, empezamos a ser una “familia”. Como suele pasar en todas (o en casi todas) las familias, tenemos nuestros espacios y nuestros rituales. ¿Qué quiero decir con esto? Normalmente, en toda casa de vecino, por ejemplo, cada uno tiene su sitio a la hora de comer. O su sillón para ver la tele. Además, es curioso, porque es algo que no se suele decidir conscientemente o pactar. No sé cómo pasa, ni de dónde viene, pero al final cada uno acaba teniendo sus espacios en casa. El equipo de un rodaje, mientras dura el rodaje, es como una familia. Mejor o peor avenida, pero una familia.

Esos espacios y rituales, se hacían patentes en muchos momentos, pero en especial durante las comidas. Como ya sabéis, si algo éramos, era una familia pobre, muy pobre. Tanto que ni siquiera teníamos sillas para todos. Solo los muebles del decorado, dos tablones con caballetes de madera y cuatro sillas sueltas (literalmente cuatro). Uno de los tablones, por cierto, lo utilizábamos como mesa de despacho y no contaba. Normalmente, la comida se organizaba o en el salón o en la habitación decorada como dormitorio de Dani. No es que fuera lo más aconsejable (comer en el set) pero no había otra. Comer en un espacio o en otro dependía de dónde rodábamos. Si rodábamos en el salón, el almuerzo se montaba en la habitación de Dani. Si rodábamos en la habitación de Dani, el almuerzo se servía en el salón. Mi madre dirigía la logística de las comidas. Con la ayuda de dos o tres auxiliares, mientras rodábamos, cocinaban. Y no era fácil organizar una comida para treinta personas. Si no os lo creéis, probad a hacerlo algún día. Cuando ya faltaba poco para comer, montaban el tablón como mesa principal. Si el almuerzo era en el salón, se aprovechaba el sofá como banco a un lado de la mesa. Si el almuerzo era en el dormitorio, la cama servía como banco. En el otro lado de la mesa se disponían las cuatro sillas auxiliares de que disponíamos más las sillas del set libres (siete u ocho sillas en total). También resultaban útiles un par de cajones de madera. Pero no era suficiente. Las sillas y el sofá (o la cama) no daban ni para la mitad del equipo. ¿Qué hacía el resto? Algunos comían sentados en el suelo o buscaban algún rincón apartado para comer.

El segundo o tercer día, recuerdo que entré en la habitación/comedor improvisado cuando ya estaba casi todo el mundo comiendo. Me habían reservado una silla frente al tablón/mesa. Dije que no hacía falta, que no me importaba comer en el suelo. Pero siempre tuve una silla reservada. Privilegio de director, supongo. También había siempre una silla reservada para los actores, para Miriam (para que, como Couch de actores, estuviera cerca de ellos) y para la chef: mi madre. El resto de sillas y de espacios en el sofá (o cama) eran más variables. Recuerdo que Sara y el equipo de fotografía siempre comían sentados en el suelo, frente al balcón abierto (tanto en el salón como en el dormitorio había un balcón). Supongo que no era mala idea, en especial en aquellos días de tanto calor. Jorge y el equipo de sonido también solían comer junto al equipo de foto. En cuanto al resto del equipo, había más movimiento. También había quienes preferían apartarse en algún rincón del piso/plató o salir a comer fuera.

Después de la comida llegaba la sobremesa, esa media horita merecidísima de descanso. Algunos aprovechaban para echar una siesta rápida en el suelo (no había mucha más alternativa que el suelo), otros para conversar un rato y el resto para salir a estirar las piernas o a tomar un café en un bar cercano. Esos eran algunos de nuestros rituales diarios. Pero lo bueno, o lo malo, que tiene un rodaje es que no suele durar más de dos meses (a no ser que sea una gran producción) y todos esos rituales llegarían a su fin en pocas jornadas.  

Memorias de rodaje: decimosexta jornada

Viernes, 12 de julio. Seguimos avanzado en la semana más intensa de rodaje (por lo menos intensa en cuanto a número de secuencias – porque todas las semanas fueron intensas). De nuevo había que rodar muchas páginas de guión, con muchos cambios de plano. Roger Berruezo participaba en todas las secuencias. Adolfo en casi todas. En aquella jornada se habían concentrado buena parte de las secuencias entre los personajes de Eduardo (Roger) y Adolfo –el nombre del actor coincide con el del personaje. A pesar de todo el caos que rodeó el rodaje, ahora descubro (tras ver la película montada) que hubo grandes aciertos. Como ya he dicho en otras entradas, el ‘casting’, entre otros aspectos, fue todo un acierto. Pero hoy, permitirme que me centre en Adolfo.

De vez en cuando, en algunas películas, sucede algo mágico. Me refiero al descubrimiento de personajes como la Agrado en Todo sobre mi madre. Un actor que no se ha formado como tal pero que al final resulta ser más grande que su personaje. Un actor que aporta vitalidad y energía, humor y profundidad dramática al film interpretando un personaje que nadie más podría interpretar. Porque solo Adolfo (el actor), podía interpretar el personaje de Adolfo en Los Amores Inconclusos.

Emili (el director de casting y director de la versión escénica de esta historia) fue el descubridor de Adolfo. Al principio de todo, cuando empezábamos a escribir los guiones (para teatro y cine), Emili buscó personas reales sobre las que documentarse para escribir sobre personas con algún tipo de discapacidad. No sé quién, pero alguien le puso en contacto con un bailarín que había perdido prácticamente la visión. Tras un primer encuentro, Emili decidió replantear el personaje del amigo ciego de Dani y Verónica. Hasta tal punto, que ese personaje al final acabó llamándose Adolfo. Aun recuerdo bien cómo Emili, por primera vez, me habló con pasión durante horas de aquel gran ‘descubrimiento’. Con enorme generosidad, Adolfo nos había regalado los cimientos para construir un gran personaje. Una vez cerrado el texto teatral, Emili empezó a mover los hilos para subir El Sexe dels Àngels a los escenarios. Emilio propuso a Adolfo interpretar el personaje del amigo ciego que comparte piso con Dani y Verónica. Por suerte, Adolfo dijo que sí. Un par de días antes del estreno, fui al ensayo general de la obra de teatro. Una cosa tuve clara, solo Adolfo podía interpretar el personaje de Adolfo – en la película también.

Cuando empezó todo el proceso de rodaje, al primer actor que propusimos participar en el film fue a Adolfo. Crucé bien los dedos, pues sin él no había película. No veía a nadie más en ese papel. Por suerte para todos, aceptó el papel. Recuerdo bien que lo primero que me dijo es que él no era actor, que era bailarín y transformista, pero no actor. Le dije que no era cierto, había interpretado a Adolfo en El Sexe dels Àngels y ¡cómo lo había interpretado! A partir de aquí, ¿qué más puedo decir? Adolfo nos ha regalado (y vuelvo a emplear el verbo ‘regalar’) las que posiblemente son las secuencias estéticamente más bellas de la película. También nos ha regalado una interpretación que no dejará a nadie indiferente. Su desparpajo y alegría, pero también su humanidad e inteligencia interpretativa, se resumen en un adjetivo: grande. Como grandes son sus pequeñas aportaciones. Era habitual que antes de interpretar una secuencia, Adolfo se acercara a mí y me dijera –Frank, en el guión pone esto pero, ¿qué te parece si lo hago así?– Mi respuesta, no podía ser otra que una afirmación. Adolfo, el actor, superaba a su personaje en todos los sentidos. Y sus aportaciones son tan divertidas y a la vez tan profundas que enriquecen la película mucho más allá de lo que Emili o yo pudimos imaginar al escribir el guión. Cuando veáis la película, recordad que muchas de esas frases geniales de Adolfo que cierran de forma magistral una secuencia no estaban en el guión. Solo me queda decir: GRACIAS, Adolfo.

El personaje de Adolfo, sin duda seducirá al espectador. Su interpretación está más allá del guión, de la técnica interpretativa… es vida en estado puro.

Memorias de rodaje: decimoquinta jornada

Jueves, 11 de julio. Secuencia 87. Solo una secuencia. Pero, ¡cómo había temido esa secuencia! Nos jugábamos (una vez más) la película. ¿Por qué? Es una secuencia inusualmente larga. Una vez montada dura alrededor de ocho minutos. Además, es la única secuencia en la que aparecen a la vez los cinco actores protagonistas.

Llevaba días pensando en esa secuencia y en cuál sería su resultado. Por una parte me daba miedo que quedara demasiado ‘teatral’. Creo que es la secuencia en la película que más se acerca a la obra de teatro El Sexe dels Àngels (lo demás es bastante diferente). Por otra parte, desde el principio me pareció una secuencia ‘peligrosa’ en muchos sentidos. Es una secuencia que empieza con un tono muy alto de comedia, con muchos enredos, con muchos chistes. Pero, poco a poco, va evolucionando hacia el drama. Había que hacer muy bien esa transición de la comedia alocada al drama intenso. En un film hay secuencias que tienen más peso y otras menos. Es más, en cualquier película suele haber alguna secuencia ‘menor’ que se puede quitar y la historia sigue resultando coherente. Pero la secuencia 87 es una de las secuencias clave en Los Amores Inconclusos y parte del éxito (o fracaso) narrativo de la película radica en esa secuencia.

Por suerte contábamos con unos actores ‘enormes’ con muchas horas de rodaje. En cuanto al equipo técnico, quizás no contábamos con tanta experiencia –no vamos a negar que muchos fuéramos novatos e inocentes (empezando por el director)– pero en esa secuencia quedó bien patente que la falta de experiencia se suplía con ilusión y mucho talento. Sara (López) y su equipo rodaron unas imágenes maravillosas y con gran calidad técnica. Jorge y su equipo grabaron con igual maestría el sonido. Todo el equipo estuvo muy bien. Finalmente, Sara (Sebastián) acabó dando forma a todos aquellos planos en montaje.

El rodaje fue intenso, estábamos citados a las nueve de la mañana y se hicieron casi las siete de la tarde. Había que seguir muy bien a los actores sin perder ni el encuadre ni el foco. En cuanto al sonido supongo que fue todo un reto para el equipo de sonido. Solo contábamos con dos micrófonos y había que seguir a cinco personajes hablando al mismo tiempo. En cuanto a los actores, no es fácil mantener una escena tan larga sin equivocarse y dando en cada momento el matiz que corresponde. Pero no explicaré más detalles para no hacer lo que ahora llamamos un ‘spoiler’ (antes se decía ‘reventar la película’).

Aun rodada, esa secuencia me siguió quitando el sueño unas cuantas noches más. Como ya he dicho antes, en parte la película depende de esa secuencia. Temía que Sara (la montadora) me dijera que no había forma de montar esa secuencia, que los planos no cuadraban. Es más, me asusté mucho cuando me dijo que no podía montarla porqué los planos de Mont Plans estaban fuera de foco. Enseguida fuimos a ver las imágenes originales (en alta definición – editamos sobre imágenes convertidas en baja definición para que los ordenadores no se ‘cuelguen’). Por suerte, esas imágenes estaban en foco. Muy bien rodadas, por cierto. La verdad es que fue algo muy raro porqué en el resto de ordenadores esas imágenes se veían bien. Pero en el ordenador de Sara, por algún extraño motivo, se veían borrosas. Pero ya se sabe… los caminos de la informática son inescrutables. Me quedé mucho más tranquilo, por supuesto, pero aun seguía si estarlo del todo. ¿Funcionaría la secuencia?, ¿resultaría demasiado ‘teatral’?, ¿no se haría demasiado larga? Finalmente, por fin, Sara me pasó la secuencia montada. La cargué en la plataforma, me preparé un té, respiré hondo y –finalmente– apreté la tecla correspondiente. Los ocho minutos largos que dura la secuencia se me pasaron en un plis-plas, los actores estaban sensacionales, no me pareció nada ‘teatral’. La sensación de alivio fue enorme. Espero que a vosotros, como espectadores, esa secuencia os parezca tan divertida e interesante como me pareció a mí.