Memorias de rodaje: vigesimocuarta jornada… ¡y última!

Miércoles, 24 de julio. ¡Última jornada de rodaje! Me desperté y me dije –lo hemos conseguido… ¡lo hemos conseguido! Había sido duro, fueron meses nadando a contra corriente, apurando al máximo, sufriendo la carencia de recursos, pero allí estábamos. (Literalmente) tres secuencias más y habríamos rodado toda la película. Me sentía exhausto. Creo que nunca me había sentido tan cansado. Pero por otra parte sentía un gran alivio. También me daba cuenta de que aquello me había (nos había) hecho más fuerte(s). A pesar de todas las contrariedades, de los malos momentos, de las incertidumbres, había valido la pena. Nunca una experiencia había resultado tan enriquecedora. Por supuesto, (de eso estoy convencido) la próxima vez (me refiero a la próxima película) será todo muy diferente. Pero había que vivir aquella experiencia, aquel bautismo de fuego.

Tocaba rodar dos secuencias muy breves y otra larga –la más dramática y terrible de toda la película. Pero como ya comenté la semana pasada, me sentía seguro. Sabía que contaba con dos pedazos de actores: Xavi (Dani) y Adolfo (también Adolfo en la película). Tanto Xavi como Adolfo tenían que desnudarse emocionalmente. Xavi, además, tenía que desnudarse físicamente. No era un capricho. Sentía que no podía ser de otra forma. Es el momento en la película en que ambos personajes echan el resto. Pero todo, todo. El momento cumbre de la historia. Después hay algunas secuencias más (siempre hay que cerrar las películas) pero es en ese momento ¡zas! Es cuando aflora con más intensidad el drama y el dolor más profundo de ambos personajes. Después de ese momento, ni Dani ni Adolfo vuelven a ser las mismas personas. Pasan a ser otros. Ahora me doy cuenta de lo difícil que era interpretar aquella secuencia. Pero tanto Xavi como Adolfo estuvieron ENORMES. Nunca podré darles suficientemente las gracias. Hubo lágrimas, sudor, mocos… todo un torbellino de emociones muy duras. Aun cuando veo esa secuencia –y ya la he visto unas cuantas veces– sigo emocionándome. Tengo mucha curiosidad por ver como reacciona el público en una sala cuando se proyecte la película (que por cierto, ya falta menos).

Pero no pretendo hacer ningún “spoiler”. En todo caso no tardó en llegar la última orden de “corten”. Ya estaba. Habíamos rodado toda la película. Hubo un aplauso por parte de todo el equipo, felicitaciones, sonrisas y expresiones de alegría y satisfacción. En la habitación que había servido como plató de la habitación de Dani, nos esperaban unas botellas de cava y algo de picar. Me resulta difícil explicar las sensaciones que viví en ese momento. Por supuesto, sentía una gran sensación de alivio. Pero por otra parte me preguntaba si todo aquel material que habíamos rodado, una vez montado, tendría coherencia. En todo caso, lo que si tenía claro es que habían sido unos meses muy intensos, ¡demasiado intensos! Haría falta cierto tiempo para digerir aquella experiencia, para sacar conclusiones útiles. Diez meses después, cuando escribo estas líneas, aun estoy en eso. Pero volvamos a aquel 24 de julio de 2013. Me despedí de todos los miembros del equipo. Les di las gracias más sinceras por haber hecho posible aquel sueño. Poco a poco se empezaron a ir todos y creo que eran sobre las siete de la tarde cuando cerré la puerta del piso/sede/plató. Todo era silencio.

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Memorias de rodaje: vigesimotercera jornada

Martes, 23 de julio. Penúltima jornada de rodaje. ¡Qué alivio! Hasta el aire es diferente. No es ningún secreto que este rodaje, por lo menos para mí, no solo fue un primer rodaje, sino que también un rodaje duro. Las cosas se habían complicado demasiado pero habíamos salido adelante. Mucha gente empezaba a decirme –debes de estar contento, lo has conseguido– A lo que yo respondía –lo hemos conseguido– (en plural, no en singular). Aquel era un proyecto de todos, no solo mío. Y a eso añadía que aun no podíamos cantar victoria, quedaban dos jornadas más de trabajo. Y no eran dos jornadas fáciles. Por supuesto, todo indicaba que saldríamos adelante. Si habíamos sobrevivido 22 jornadas, podíamos salir adelante dos jornadas más. Cuando digo que aquellas jornadas no eran fáciles, lo digo por su contenido dramático. Ya cuando escribí por primera vez aquellas secuencias, me di cuenta de lo difíciles que eran. Debían quedar creíbles (algo que no era fácil) o la película no funcionaría. Por eso las programé al final de todo. Para que los actores que interpretaban los papeles de Dani y Adolfo estuvieran bien “rodados”. Aquel martes, Xavi Duch (Dani) debía hacer el “más difícil todavía”.

Por suerte, a aquellas alturas ya sabía de lo que era capaz Xavi y eso me hacía estar tranquilo. Xavi es un actor excepcional que, con un poco de suerte (creo que la suerte siempre juega un papel en todo esto), llegará a destacar y mucho. Espero, algún día, verlo (premiado) en una gala de los Goya o similar. Y no lo digo por decir. Lo digo con absoluta convicción. Si Los Amores Inconclusos sirve para darle un primer empujoncito, me sentiré más que orgulloso. Pero Xavi no solo es un gran actor, es una persona estupenda. Sencillo, profesional, cooperador y con un sentido del humor y simpatía insuperables. En el rodaje le llamaban el “nino” (“muñeco” en catalán). Porque de alguna forma era nuestro “nino”. Creo que puedo decir, en nombre de todos, que le cogimos mucho cariño a Xavi. Todos. Siempre con una sonrisa y de buen humor (y a veces no era fácil estar de tan buen humor y con una actitud tan positiva).

Llegué a Xavi gracias a Roger Berruzo que había trabajado con él en el teatro. Gracias a los dos. Pedí referencias a Emili (que en todo momento me asesoró con los actores) y me dijo que era perfecto para el papel. Vi unas fotos de Xavi y daba el físico perfectamente. Más tarde nos vimos en el hotel Ommm de Barcelona y el trato estaba cerrado. Ahora –tras ver la película– no me puedo imaginar a otro actor en el papel de Dani. Era un papel difícil, que requiere un actorazo “de Goya”. Tuvimos mucha suerte y lo encontramos. Como anécdota, recordar que en aquella primera reunión, Xavi me comentó que el personaje de Dani era un reto para él porque era muy dramático. Que a él lo que le gusta es reír y que se siente más cómodo en papeles cómicos. Le respondí que lo sentía, pero que le iba a tocar llorar… y mucho. Durante el rodaje, Xavi me dijo más de una vez –¡cuánto me haces llorar! Pero, todo sea dicho, ¡qué bien lo hace! Para ambientarse en el rodaje, Xavi escuchaba música que le traía recuerdos tristes en un reproductor de MP3. Antes de rodar las secuencias más dramáticas estaba (como siempre) alegre y sonriente. Luego se metía en una sala con las ventanas cerradas, sin nadie más, se sentaba en la silla de ruedas, escuchaba música… y, como por arte de magia, salía transformado de allí. Quién salía de aquella habitación no era Xavi, si no Dani (el personaje). Con expresión frágil, con mirada de animal herido, con lágrimas a punto de saltar. Tras la orden de “acción”, aquellas lágrimas saltaban. ¡Y cómo saltaban! Lágrimas, mocos, sudor y todo el dolor que esconde el personaje de Dani.

Sara Sebastián (la montadora), a medida que montaba la película, me decía – ¡Pero que pedazo de actor! Están todos muy bien. Pero este chico… ese chico está de Goya– Como en toda película, sé que habrá cosas que gustarán a unos y que no gustarán a otros. Eso es inevitable. Pero de lo que si que estoy seguro es de que habrá unanimidad en lo que se refiere a la actuación de Xavi. Todo el mundo estará de acuerdo en que Xavi “está que se sale”. Bueno… eso no tardareis mucho en verlo. En cuanto a mi (esto, por supuesto, es extensivo al resto del reparto) ha sido un placer y todo un honor poder trabajar con Xavi Duch.

Memorias de rodaje: vigesimosegunda jornada

Lunes, 22 de julio. Jornada número 22. Entrábamos en la última semana de rodaje. Muy al principio de estas memorias de rodaje explicaba que tenía la sensación de haber hecho despegar un gran “jumbo” (por cierto, construido con material de reciclaje y de forma acelerada). Un “jumbo” que además debía atravesar todo un océano – el inmenso océano de un largo. A aquellas alturas, siguiendo el símil, ¡por fin!, veíamos la pista de aterrizaje. Y no solo eso. Todo indicaba que íbamos a tener un aterrizaje, por lo menos, correcto. En esos momentos me empezaron a asaltar dudas que no me había planteado antes. O mejor dicho, que ni siquiera había tenido la opción de plantearme antes (estaba demasiado ocupado en otras batallas). ¿Cómo quedaría todo aquel material (imágenes y sonidos) una vez montado? ¿Cuadraría unos planos con otros?, ¿Realmente se podría montar una película (por lo menos una película digna)?

Durante la locura de las primeras semanas una tarde hice una escapada (en realidad la única escapada que hice durante todo el rodaje). Fue un día en que el rodaje acabó pronto. Necesitaba salir del piso/set de rodaje en el que estaba viviendo y bajé a CCCB donde había una estupenda exposición sobre Pasolini. Sin duda, aquel era el mejor momento para ver aquella exposición. En ningún otro momento de mi vida podría haber entendido mejor las vivencias que se reflejaban en aquella exposición. Recuerdo de forma muy especial la sala dedicada a la primera película de Pasolini. En ella, había grabaciones y textos sobre las memorias de aquella primera película. Pasolini confesaba que durante los tres primeros días de rodaje fue incapaz de dormir más de cinco minutos seguidos. Se despertaba una y otra vez pensando si lo que estaban filmando tendría algún sentido, si los planos encajarían. No sé si eso les pasa a todos los directores noveles. En todo caso, las palabras del gran maestro me hacían pensar que en eso no era el único. Creo que ya comenté que, después del rodaje, más de una noche me desperté pensando si realmente tendríamos películas. Si los planos montarían/encajarían bien. Ahora sé que sí. Los planos se podían montar y Sara (la montadora) ha hecho un gran trabajo. ¡Qué alivio!

En cuanto a aquella jornada, rodábamos en casa de Emilio (artífice, padre y coguionista de Los Amores Inconclusos) y Susana (¡Gracias por tu generosidad sin límites!). Además, contábamos con la aparición muy especial de Rosa Cadafalch. Rosa fue una de las actrices en la versión escénica de esta historia. Rodábamos las secuencias en que Dani visita a Teresa, su madre. Tanto Xavi como Rosa (¿¡cómo no!?) estuvieron estupendos. Con actores de esa talla es fácil. Una vez editadas, son unas secuencias muy bonitas y entrañables. Fue una jornada muy agradable. No sé si era solo sensación mía o si era algo más generalizado. Me parecía notar ya cierto alivio en el ambiente. El alivio de saber que se acercaba el final, que ya habíamos hecho lo más difícil y que demás, habíamos cumplido una misión que no era fácil. Pero aun quedaban dos jornadas más. Dos jornadas en las que había que rodar las que eran posiblemente las secuencias más intensas (debido a su contenido dramático) de la película. Para rodar aquellas secuencias hacían falta dos grandes actores y, por suerte, teníamos esos actores. Pero todo eso lo cuento la semana que viene.

Memorias de rodaje: vigesimoprimera jornada

Viernes, 19 de julio. Nos estamos acercando al final de rodaje. Contando con esta, cuatro jornadas más y habremos acabado. Pero aun no estoy tranquilo. Las jornadas que faltan no son fáciles. Esta, la del viernes 19 de julio, es una de las jornadas más complejas del rodaje (quizás la más compleja desde el punto de vista técnico) y las que quedan suponen un reto interpretativo enorme (aunque a estas alturas sé que con los magníficos actores que tenemos, saldremos adelante).

En esta jornada rodamos todas las secuencias que ocurren en el bar de Drag Queens en el que actúan Adolfo y Verónica. Se trata de dos números de transformismo, un diálogo largo con cinco personajes y dos diálogos cortos. Sara Sebastián, durante la planificación, calculó que hacían falta tres jornadas para rodar esas secuencias. Así era, por supuesto. Para rodar aquellas secuencias había que buscar un bar musical, un cabaret, una discoteca o algo parecido. Al principio, en nuestra inocencia, pensamos que no sería difícil encontrar un cabaret/bar musical/discoteca que “colaborara” con nosotros. Es decir, alguien que nos permitiera rodar en su establecimiento a cambio de publicidad (aparición en créditos, photocall en el estreno, etc.). “Pensamos”, claro. Porqué la realidad es que nadie estaba dispuesto a “colaborar” y nos pedían cantidades de dinero importantes para rodar en un cabaret/bar musical/discoteca. Jota (el director de arte) estaba enamorado de un famoso local en Barcelona. Era el lugar perfecto pero nos pedían miles de euros. Imposible. Noelia empezó a buscar locales y al final me pasó la Web de un bar musical que me pareció perfecto: Els Pagesos en Sant Feliu de Llobregat. Nos hicieron una buena oferta pero como nos habíamos quedado sin presupuesto antes de empezar a rodar no podíamos pagar ni el alquiler ni los gastos añadidos correspondiente a tres jornadas de rodaje. Había que comprimir aquellas tres jornadas en una sola (que es todo lo que podíamos pagar). Sentía que eso era como ponernos una pistola en la cabeza y que nos la jugábamos. Pero, como ya he dicho tantas veces, a aquellas alturas no había vuelta atrás.

El equipo me decía que era imposible rodar todas aquellas secuencias en un solo día. Tenían toda la razón. Pero había que filmar aquellas secuencias en una jornada o no se podría montar la película y todo se iría al traste. La noche anterior, después de una jornada de rodaje agotadora, fui con Sara López (la directora de fotografía) a Els Pagesos. Había que planificarlo todo muy bien. Por suerte, Xavi Serradell y Pau Aguiló (equipo de fotografía), nos ofrecieron su cámara de cine y su steadycam. Fue la única jornada en que rodamos a dos cámaras. Si no llega a ser por Xavi y Pau hubiera sido imposible salir adelante aquella jornada. Gracias. Sara y yo planificamos aquella misma noche el rodaje. Había una planificación previa (en tres jornadas y con una sola cámara) pero había que adaptarla al nuevo espacio, a una sola jornada y a dos cámaras. ¡Total nada! Demasiado precipitado, demasiado justo, demasiado osado… lo reconozco y asumo toda la responsabilidad. Se nos hizo tarde. Tanto que apenas quedaban seis o siete horas para empezar la jornada. Fuimos a dormir (o a intentarlo, por lo menos) y al día siguiente, bien temprano, nos volvimos a ver todos en Sant Feliu.

Había llegado la tan esperada, pero también temida, jornada. Los primeros en llegar fuimos mi madre, Eva (que, por cierto, acaba de ser mamá… ¡felicidades!), yo, un saco enorme con cincuenta bocadillos (que había preparado mi madre esa misma mañana) y muchas latas de refrescos y botellas de agua. Poco a poco empezó a llegar el resto del equipo y los “extras/figurantes” que tan generosamente se habían prestado a colaborar. Las grandes estrellas iban a ser Adolfo y Laya. Sé que les pedí muchísimo y les di demasiada prisa, pero el tiempo jugaba en nuestra contra. ¡Y cómo jugaba! No era fácil montar aquellas secuencias coreografiadas. Además había mucho trabajo de vestuario y maquillaje. El nerviosismo y la tensión eran inevitables y se palpaban. Por supuesto, todas aquellas prisas y exigencias acabaron por pasar factura. Adolfo y Laya necesitaban ensayar más. Habían ensayado, pero lo habían hecho en otro lugar. Adolfo, además, tiene una deficiencia visual y por eso es vital que se familiarice con el espacio. Adolfo y Laya me pidieron ensayar más en aquel escenario. Pero, con todo el dolor en mi corazón, no les pude conceder ese lujo. El local donde rodábamos abría al público a las nueve y debíamos acabar como mucho a las ocho de la tarde. Por otra parte, no podía meter al equipo en una jornada de más de once horas de rodaje después de las sesiones tan intensas de las que veníamos. Y, no menos importante, había que rodar todas las secuencias previstas sí o sí o no habría película. Más que correr había que volar. Por eso digo que, con todo el dolor de mi corazón, no pude conceder más tiempo a Adolfo y Laya para ensayar. Lo terrible fue que debido a que Adolfo no había podido familiarizarse con el espacio sufrió una caída desde el escenario. La caída fue muy espectacular. Por suerte, sólo se rompió un tacón de una de las plataformas que tenía que vestir. Me sentí fatal, terrible, después de aquel incidente. Desde entonces, he pensado mucho en aquel momento y ahora tengo claro que en la próxima película será todo muy diferente: el tiempo no podrá jugar en nuestra contra, sino a nuestro favor.

Hubo más incidentes pero, por suerte, todo se pudo solucionar y al final creo que todos volvimos a casa con una buena sensación y la satisfacción de haber logrado lo imposible. Tuvimos mucha suerte porque se rodaron todas las secuencias. Es más, ahora cuando veo esas secuencias me doy cuenta de que en aquella jornada se rodaron algunas de las imágenes más bonitas de la película. Cuando pasemos el dossier de imágenes para ilustrar artículos en prensa, catálogos de festivales, etc., no tengo la más mínima duda de que entre las imágenes seleccionadas (es decir, las más atractivas) se encontrarán las captadas en aquella jornada. En cuanto a las secuencias en sí, resultan simpáticas y aportan mucho a la película. Es lo que tiene el cine. Supongo que al final eso es lo que queda. Eso y la experiencia obtenida tras una jornada (más) que fue como andar sobre una cuerda floja… ¡sin red!

Dos años no son nada…

Permitirme que esta semana haga un paréntesis en nuestras memorias de rodaje. Entiendo que muchos empecemos a estar impacientes por ver NUESTRA película. Nadie es más impaciente que yo y a principios de semana me pregunté –¿pero cuanto tiempo llevamos con esto? Miré mis notas (siempre lo anoto todo muy bien) y con (grata) sorpresa descubrí que no tanto: dos años. A finales de abril de 2012 decidimos sacar la película adelante y el día 5 de mayo (mañana lunes se cumplen dos años justos) publicamos la primera entrada de este blog bajo el título “Cinco y acción…” 

En 2009, lanzamos un documental titulado La Mirada Ausente. Aquel documental fue como hacer un master de lujo. Entrevistamos a catorce destacadas directoras de cine: Cristina Andreu, Cecilia Bartolomé, Iciar Bollaín, Isabel Coixet, Patricia Ferreira, Chus Gutiérrez, Eva Lesmes, Gracia Querejeta, Josefina Molina, Silvia Munt, Inés París, Maria Ripoll, Azucena Rodríguez y Helena Taberna. En aquellas entrevistas mantuvimos largas conversaciones sobre como sacar una película adelante y no morir en el intento. ¡Cuánto aprendí! Durante estos últimos años he recordado una y otra vez –con todo detalle– las palabras de esas estupendas directoras. Todas ellas estaban de acuerdo en dos cosas. La primera es que desde que te levantas un día y te propones dirigir hasta que consigues dirigir una primera película de verdad, pasan por lo menos diez años. La segunda es que desde que tienes el guión en las manos y te propones hacer una película hasta que la acabas, pasan entre dos y seis años. Como ya he dicho antes, yo soy muy impaciente y quise imaginar que iría más rápido. Pero, ¡qué sabia es la voz de la experiencia!

Ahora lo pienso bien y me sorprende ver como se están cumpliendo esos tiempos. Me propuse dirigir (por lo menos en serio) en 2004 y en 2014 estará terminado mi/vuestro primer largometraje de ficción Los Amores Inconclusos (Daniela fue poco más que una travesura). Por otra parte, ahora que se cumplen dos años desde que decidimos sacar adelante Los Amores Inconclusos, estamos a pocos meses de acabar la película. Por supuesto, nos habría gustado ir más rápido en esta fase de postproducción, pero hay que acabar bien la película. No hay presupuesto (ni sueldos) y tenemos que vivir de otros trabajos. Eso limita las horas que podemos dedicar a la postproducción  de la película. Eso no quiere decir que le dediquemos menos horas o que le pongamos menos cariño, todo lo contrario. Solo que la postproducción se alarga un poco más. Pero ahora ya estamos cerca del final. Muy cerca. Y si lo miramos bien… dos años no son nada.

No puedo despedirme si daros las gracias por hacer realidad este sueño: mecenas, equipo, amigos… a todos. Sois tan grandes y generosos. Y me alegra pensar que pronto llegará vuestro momento. Ese momento en que tomareis el protagonismo; en el que podréis ver la película, disfrutar de la emoción del estreno y espero que de mil cosas más. GRACIAS.