Memorias de rodaje: vigesimosegunda jornada

Lunes, 22 de julio. Jornada número 22. Entrábamos en la última semana de rodaje. Muy al principio de estas memorias de rodaje explicaba que tenía la sensación de haber hecho despegar un gran “jumbo” (por cierto, construido con material de reciclaje y de forma acelerada). Un “jumbo” que además debía atravesar todo un océano – el inmenso océano de un largo. A aquellas alturas, siguiendo el símil, ¡por fin!, veíamos la pista de aterrizaje. Y no solo eso. Todo indicaba que íbamos a tener un aterrizaje, por lo menos, correcto. En esos momentos me empezaron a asaltar dudas que no me había planteado antes. O mejor dicho, que ni siquiera había tenido la opción de plantearme antes (estaba demasiado ocupado en otras batallas). ¿Cómo quedaría todo aquel material (imágenes y sonidos) una vez montado? ¿Cuadraría unos planos con otros?, ¿Realmente se podría montar una película (por lo menos una película digna)?

Durante la locura de las primeras semanas una tarde hice una escapada (en realidad la única escapada que hice durante todo el rodaje). Fue un día en que el rodaje acabó pronto. Necesitaba salir del piso/set de rodaje en el que estaba viviendo y bajé a CCCB donde había una estupenda exposición sobre Pasolini. Sin duda, aquel era el mejor momento para ver aquella exposición. En ningún otro momento de mi vida podría haber entendido mejor las vivencias que se reflejaban en aquella exposición. Recuerdo de forma muy especial la sala dedicada a la primera película de Pasolini. En ella, había grabaciones y textos sobre las memorias de aquella primera película. Pasolini confesaba que durante los tres primeros días de rodaje fue incapaz de dormir más de cinco minutos seguidos. Se despertaba una y otra vez pensando si lo que estaban filmando tendría algún sentido, si los planos encajarían. No sé si eso les pasa a todos los directores noveles. En todo caso, las palabras del gran maestro me hacían pensar que en eso no era el único. Creo que ya comenté que, después del rodaje, más de una noche me desperté pensando si realmente tendríamos películas. Si los planos montarían/encajarían bien. Ahora sé que sí. Los planos se podían montar y Sara (la montadora) ha hecho un gran trabajo. ¡Qué alivio!

En cuanto a aquella jornada, rodábamos en casa de Emilio (artífice, padre y coguionista de Los Amores Inconclusos) y Susana (¡Gracias por tu generosidad sin límites!). Además, contábamos con la aparición muy especial de Rosa Cadafalch. Rosa fue una de las actrices en la versión escénica de esta historia. Rodábamos las secuencias en que Dani visita a Teresa, su madre. Tanto Xavi como Rosa (¿¡cómo no!?) estuvieron estupendos. Con actores de esa talla es fácil. Una vez editadas, son unas secuencias muy bonitas y entrañables. Fue una jornada muy agradable. No sé si era solo sensación mía o si era algo más generalizado. Me parecía notar ya cierto alivio en el ambiente. El alivio de saber que se acercaba el final, que ya habíamos hecho lo más difícil y que demás, habíamos cumplido una misión que no era fácil. Pero aun quedaban dos jornadas más. Dos jornadas en las que había que rodar las que eran posiblemente las secuencias más intensas (debido a su contenido dramático) de la película. Para rodar aquellas secuencias hacían falta dos grandes actores y, por suerte, teníamos esos actores. Pero todo eso lo cuento la semana que viene.

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